Testimonio Vocacional

Hna. Nieves Rut

 

Cuando uno quiere hacer una confidencia a un amigo, siempre surge la pregunta, ¿Cómo comenzar?, Cuando quieres compartir una alegría inmensa te preguntas ¿Cómo lo haré? Incluso te entra nerviosismo, y aunque lo intentas nunca te quedas satisfecho, pues las palabras no pueden expresar del todo lo que interiormente estás percibiendo; al final, dependiendo de quién lleva tu vida, puedes quedarte contento, frustrado, o simplemente en un estado de ánimo continuamente insatisfecho.

 

Por mi parte sólo puedo, hoy por hoy, comenzar dando gracias al Señor, sólo puedo decir que la mayor alegría, sólo la comunica y da Dios. Pero antes no pensaba de esta manera. Me atrevería a decir que ni me paraba a pensar.

 

Y es esto lo que quiero testimoniar, tatuar en el corazón de todos los que escuchen estas palabras, y sí, digo bien, escuchad, porque en el fondo lo que me gustaría es que mi historia resonara en tu corazón, ¡siii!, en el tuyo, no en la persona de al lado o en otro, en ti.

 

Te pido que te saques los cascos, la música, el teléfono, etc…los que tienes en los oídos o en el corazón y que por un momento me mires, y me atrevo a decirte que me respondas ¿Eres feliz?,¿te gusta tu vida? dime una cosa: ¿Vives? ¿Qué es la vida? Te levantas, desayunas, trabajas, estudias, haces lo que toca en cada momento. Sales de fiestas con los amigos, con el novio… haces cosas buenas y tu vida es genial, o simplemente vives avinagrado porque interiormente…   Cumples años, te felicitan, pero, ¿Qué es lo que te felicitan?, un año que has terminado o un año que comienzas. ¿Eres consciente de tu vida, de tu respirar?

 

Quizás no sepas cómo responder, quizás nunca te lo hayas planteado o que jamás te hayas planteado nada, que no te hayas parado a pensar y te has limitado a que los días y las horas vayan pasando. No te preocupes, te comprendo perfectamente, porque he pasado por la misma experiencia que tú.

 

Crecí en un puerto pesquero donde el “turismo”, las drogas, las peleas, la infidelidad, se ven con normalidad. En una familia numerosa, creyente y no practicante algunos, otros contrarios a todo, para mí la iglesia era complicarse, Dios una excusa para amargarse la vida, hasta que un día el Señor simplemente me abrazó e interiormente me dijo ¡Estoy vivo y te Amo! Y esto lo hizo sin que yo fuera consciente de oír hablar de él.

 

Después de una infancia un tanto difícil, me dedique a viajar, a bailar, hacía las cosas pero sin comprometerme demasiado, justo para salir del paso, a nadie le daba cuentas de mi vida, ni si quiera a mi familia, que algunas veces no sabían dónde estaba. Recuerdo una vez, un fin de semana, me fui el viernes  a Inglaterra y volví  el lunes, nadie supo nada solo dos amigas y yo. Esa vez cuando llegué a mi casa mi madre me preguntó con naturalidad ¿Dónde has estado? no supe qué responder, me di cuenta que mis padres no sabían qué vida llevaba. Me di cuenta de que estaba al margen de todo, y no era por no decirlo, simplemente que no me comunicaba con ellos, me estaba limitando a vivir como quería.

 

Fue cuando me pregunté ¿Qué estoy viviendo? Sin darme cuenta había recorrido gran parte de Europa y algunos países de América. Llegue a tener la vida que hoy tú puedes estar deseando, estaba a mi “bola”. Me sentía libre sin compromisos, tenía el novio, que había querido siempre, mayor que yo y económicamente muy bien y estable; tenía para mí un fallo, era católico practicante, él iba a misa y yo lo esperaba fuera. No quería que mi familia lo conociera, ni mis amigas, pues yo le había mentido, tenía 7 años menos de los que él creía que tenía. Yo aparentaba mucha más edad que mis amigas, y entré a comprar cigarros para una de ellas en un súper, él estaba pasando la compra antes que yo y la dependienta se equivocó al devolverle y yo le dije: has devuelto mal el cambio, en seguida la dependienta le pidió perdón y le devolvió exacto. El, al verme con el tabaco en las manos pensó que era mayor y yo jamás se lo desmentí. Coincidimos en otros sitios, nos conocimos y comenzamos a vernos, un día me pregunto ¿qué edad tienes? yo le dije ¡adivínalo!, no puedes pasar de 20 me respondió, yo le dije: exacto, pero solo tenía 13 años.

 

Vivía con ciertas dificultades en mi familia y prefería escapar de ellas, no quería afrontarlas. Pero seguía teniendo la vida que quería, Un buen día decidí ir a caminar, hacía un día espléndido; después de un buen rato entré en una capilla porque de repente había comenzado a llover, dentro comencé a tener miedo, todo estaba un poco oscuro, me fui hacia la puerta pero llovía más fuerte.

 

Me senté en un banco, comenzaron a pasar momentos de mi vida muy dolorosos delante de mí y lo que actualmente estaba viviendo. Cuando percibí que alguien me abrazaba muy fuertemente, un abrazo que era interior, y también físico, comencé a llorar, no había nadie, fue un momento que me pareció una eternidad, aunque no se puede medir en segundos.

 

Volví la cabeza hacia la derecha y allí estaba Él, el causante de todo, estaba el Cristo, tenía la cabeza hacia arriba, en cambio yo sentía su mirada, no podía dejar de mirarlo, me atraía fuertemente, sabía que era una imagen, pero en mi interior y ante mí se descubría algo que jamás podré explicar con palabras; sentía una mirada penetrante, me miraba, su mirada, sobre todo su mirada, me vi envuelta desde el interior en gozo y una paz que solo Dios puede dar.

 

Me quedé sentada un buen rato, y entró un sacerdote, al verlo me fui, este sacerdote junto a otras personas, fueron la mediación del Señor. Había cambiado interiormente, pero externamente seguía con la misma vida,  pero cuando menos uno lo espera…perdí una apuesta  y tuve que comenzar a ir a catequesis para la confirmación… al tiempo nos enfadamos las amigas de la infancia, ya no tenía motivo para seguir en catequesis, con lo cual deje de ir; pero empecé a echar en falta algo, la catequista siempre nos leía un texto de la biblia y aquella gotita había ido formando un pequeño charco en mi interior, mi vida comenzó a cambiar exteriormente.

Me confirmé y a raíz de ahí dio un giro mi vida, algunas cosas seguían como antes pero había circunstancias y personas nuevas que hicieron que comenzara a pararme y a pensar. Sobre todo, había en mí una alegría y unas ganas de amar y de dar…, que todo el mundo tuviera el mismo encuentro que yo había tenido.

 

Comencé un descernimiento vocacional a la vez que crecimiento en la fe. Mi primer paso fue hablar con mi novio, tenía que decirle que quería plantearme otra cosa en mi vida, pero había una lucha interna muy fuerte, yo lo amaba, y había planeado un futuro con él. Ya sabía la edad que tenía, y cuando podía dar a conocer nuestra relación, lo dejo para plantearme algo a lo que todavía no sabía ponerle nombre, pero que interiormente me ardía.

 

Pasaron unos años de gran lucha interna, hasta que en un momento de oración… “Señor, no me pidas esto, mírame, soy débil, mi corazón no es limpio, hay muchas heridas en él, no sé amar, ni siquiera sé acoger tu gracia en mí”. Tuve una respuesta, su mirada.

 

Sabía dos cosas: un hábito me horripilaba, vivir dentro de un monasterio, tenía seguro que no.  Hoy vivo en un monasterio y hace 13 años que llevo hábito; soy feliz y tengo la vida que nunca pensé, pero os cuento un secreto: hay recelos, dificultades,... lo que en cualquier vida cotidiana; con la diferencia de que aquí siempre se ama, porque la palabra de Dios te va enseñando a la vez que sanando. Hay malas caras, orgullos, egos,... pero siempre ante cualquier cosa surge el perdón. Mirad, quizás aquí somos más conscientes de lo que nos pasa interiormente y de las limitaciones humanas, y por ello descubrimos cada día que Dios nos ama, sabiendo de antemano nuestras miserias. Es una gran locura, dejarse amar, para amar.

 

Somos felices porque hemos conocido la auténtica felicidad. En la vida monástica paso hambre, como lo que no me gusta, convivo con personas muy distintas a mí, a las que yo no he elegido, no voy a la moda, no realizo mis jobis, no elijo yo mi trabajo, no voy a la playa cuando quiero, tampoco salgo con las amigas, etc. Parece dramático, pues mirad: somos felices porque a todo esto, Dios, mi Señor Jesús a quien amo le da sentido. Y tenemos una esperanza, poder vivir con Él eternamente. Y para ello en estos momentos nos estamos entrenando, palpando día a día que Él vive, minuto a minuto su bondad, y la realidad es que respiramos su inmensa misericordia.