Necesitamos a los otros para crecer,

para descubrir, para amar, para creer.

“Te pido que todos vivan unidos, Padre, como tú estás en mí y yo en ti” (Jn 17, 21)

              Todo el mundo existe y vive gracias a otras personas. Gracias a que nos han ofrecido la posibilidad de vivir, venimos al mundo con una tarjeta de invitación firmada por nuestros padres y si lo miramos con ojos de fe, también firmada por el otro Padre, Dios. Aún más, somos lo que somos gracias a las referencias que hemos tenido la suerte de tener cerca: tenemos los amigos que tenemos gracias a que otros nos los presentaron; seguramente participamos en actividades gracias a que alguien nos ha animado. Por lo tanto somos personas que nos necesitamos mutuamente, nos socializamos por medio de la relación con otras personas. Fíjate cómo llama Dios al niño Samuel. Samuel necesita de la ayuda de Elí, sacerdote del templo, para entender y escuchar la llamada de Dios. Dios toma la iniciativa de comunicar un proyecto, con la intención de hacerle participar de esa tarea. Esta vocación de Samuel es una invitación de Dios que necesita la ayuda de otras personas (1 Sam 3, 1-14).


Dejarse invitar a salir

“Sal de tu tierra y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré” (Gn 12, 1)

 

              Normalmente si sólo miramos nuestra vida, si sólo escuchamos nuestras voces interiores, si sólo nos preocupa lo que nuestro filtro deja que pase al corazón nos encerramos en nosotros mismos, en nuestro pequeño mundo. Nuestro cuerpo, nuestra vida se convierte en nuestra propia cárcel. Por el bien de nuestra salud es bueno salir de nosotros mismos.

 

Pero aquí también necesitamos a las otras personas. Sus palabras, sus acciones, sus actitudes se convierten para nosotros en corrientes de agua que nos sacan de nuestro yo.

También las situaciones y acontecimientos cotidianos y extraordinarios que nos tocan de cerca son motivación para realizar un viaje hacia fuera. A Abraham le sucede esto mismo (Génesis 12, 1-6); recibe una invitación de Dios a salir de su pueblo, de sus seguridades, de su pequeño pueblo. Y sale confiando en Dios.


Necesidad de contactar, de acercarse

“Moisés dijo: voy a acercarme a ver ese espectáculo tan admirable” (Ex 3, 3)

 

              La Invitación es una insinuación, una sugerencia que no revela del todo el contenido. Por eso es necesario acercarse, contactar con dicho contenido para conocerlo mejor. El que invita sabe de qué va la “película” porque lo ha vivido, lo ha experimentado, pero quién recibe la invitación necesita de ese proceso de acercamiento a la realidad. Así nos lo presenta el libro del Éxodo (3, 1-4): Moisés se acerca al extraño caso de la zarza que no se consume. Solo acercándose puede descubrir el misterio de Dios presente en la zarza. En el día a día cuántas zarzas ardiendo vemos y escuchamos de forma indirecta, o bien porque nos cuentan o porque las vemos en los medios de comunicación. Hay muchas situaciones injustas, sufrientes y personas a las que poder acercarse.


Hacernos personas respondiendo a la realidad sufriente

“¡Hoy ha llegado la salvación a esta casa!” (Lc 19, 9)

 

              Si seguimos leyendo los siguientes versículos de Éxodo descubrimos como Dios ve, escucha, conoce el sufrimiento del pueblo en Egipto y eso le hace bajar, salir de sí mismo para librarles, e invita a hacer lo mismo a Moisés. Solamente quien toca la realidad sufriente, quién se deja tocar por las personas es capaz de salir de si mismo y ponerse al servicio de la otra persona. En el Evangelio tenemos muchísimas escenas en las que Jesús toca a la persona enferma, incluso a un leproso (Mc 1, 40-45), aunque eso le suponga que ya no puede entrar en la ciudad por ser sospechoso de haber sido contagiado. Para recibir la invitación necesitamos poner todos los sentidos en juego (manos que tocan, oído que escuchan, ojos que ven, narices que huelen, bocas que hablan). La vida dura de muchas personas que viven entre nosotros son invitaciones que esperan personas que las hagan suyas y respondan a ellas. Hay un contexto privilegiado para que las invitaciones lleguen hasta lo más íntimo y profundo de nuestro corazón, es la escucha y el diálogo sincero en la oración con Dios. Porque en una sociedad consumista podemos hasta consumir vivencias de contacto con el sufrimiento sin que están nos afecten y nos trastoquen nuestros planes y nuestras vidas. Sólo Dios a través de la vida puede llevar a plenitud estas experiencias. Como en el huerto de los Olivos, en Getsemaní también Jesús nos dice: “Velad y orad para no caer en tentación”.


Mirarnos a nosotros mismos endurece nuestro corazón

“El que quiera salvar su vida la perderá” (Mc 8, 35)


                  La búsqueda de una vida fácil, cómoda y sin complicaciones, la búsqueda de la autorrealización propia sin salir de uno mismo, la búsqueda de un futuro digno sin tener en cuenta lo que ocurre a mi alrededor; este querer “salvar” nuestra vida nos lleva a perderla. Así se lo recordó Jesús a los suyos (Mc 8, 34-36). Tener nuestro corazón y nuestro deseo dirigidos a ser fuertes, a ser útiles, a realizar grandes empresas, a ser alguien en la vida, a acumular capacidades, bienes, nos hace sordos a la invitación, nos hace ciegos para descubrir los caminos por los que Dios anda. Todo esto nos sobra como le sobraba al joven rico (Mc 10,17) y como a él, una cosa nos falta: entrega a los pobres lo que tienes, ven y sígueme.